“Novelas”, por Diego Ferriz

Ha muerto Günter Grass, renombrado autor alemán que escribió El tambor de hojalata. En su juventud, el señor Grass militó en las SS, como tantos otros jóvenes reclutados a última hora por el desesperado Hitler para ganar la guerra y poder así rematar su delirante misión: exterminar a los judíos y otras razas distintas de la suya. Yo le perdonaría al señor Grass su pasado, como se lo perdono al buen Papa Ratzinger, pues ninguno de ambos es culpable de nacer donde nació. Su trayectoria vital les exime de toda culpa y únicamente les involucra en la desgracia global de un pueblo noble y engañado por una caterva de ladrones y asesinos.

Me costó leer El tambor de hojalata: lo intenté en tres ocasiones, y las dos primeras abandoné pronto la lectura fatigado por su estilo y sus circunloquios. Cuando al fin conseguí leerlo, hace pocos años, acabé disfrutando de su argumento y su intensidad, su profundidad histórica y su originalidad. Una peripecia trágica, marcada por un sutil humor irónico, de un pequeño gran hombre peculiar y genial en la Alemania nazi.

Se lo recomiendo a todo el mundo, como también recomendaría, a quien no lo haya leído, el libro más obvio: A finales de los 80, yo era ya un adolescente pero aún muy niño y recuerdo que, cuando volvía a casa en el autobús del colegio, miraba al descampado y veía rebaños de ovejas que, de pronto, mi imaginación estimulada por la aventura de don Quijote convertía en caballeros. Luego me sentaba en el sofá del salón y leía quince o veinte minutos hasta que me quedaba dormido. Mi profesor de literatura nos preguntó uno a uno si habíamos conseguido leerlo entero. Yo le dije la verdad, que lo había leído de cabo a rabo, pero creo que él no terminó de creerme.

Tal como lo recuerdo, destacaría su extraordinario sentido del humor, que me proporcionaba un placer sublime, y la maestría expresiva de Cervantes, insuperable y creadora de un vívido universo que, tantos siglos después, sigue reflejando una entrañable complejidad humana y elevando la literatura a la categoría de arte indeleble. Esta grandiosa novela despertó en mí el deseo de escribir y condicionó, para bien o para mal, mis siguientes pasos, a menudo torpes, por la senda de la vida.

Muchos años más tarde, andaba yo escribiendo mi primera novela cuando cayó en mis manos Tirano Banderas. Ya llevaba escritas muchas páginas y entre tanto leía a grandes maestros, pues tenía la certidumbre de que me proveerían de palabras interesantes y me enseñarían lo que aún no sabía. Sin embargo, la lectura de esta fascinante novela acerca de un país y un dictador imaginarios me influyó tanto que acabé, sin darme cuenta, imitando su expresión, el modo en que Valle Inclán construía sus bellísimos y agudos párrafos, la manera de disponer las palabras en una frase. Y si no imité sus diálogos, fue porque el autor ponía en boca de sus personajes un lenguaje tan personal y diverso que a simple vista no estaba a mi alcance. Como resultado, pude salvar algunos fragmentos aceptables y hube de reescribir varios capítulos, urgido a arreglar lo que podía considerarse una ambiciosa chapuza.

Después leí el Ulises de Joyce y me extravié en ese Dublín críptico hasta enloquecer literariamente. Abandoné mi novela y no la retomé hasta algunos años después, cuando el maestro Naguib Mahfuz me enseñó a escribir con humildad y naturalidad; superados los inconvenientes de admirar demasiado a Dostoyevski, Valle Inclán y Joyce, pude al fin encontrar un modo de narrar inteligible y, armado de paciencia y tenacidad, terminar mi primera novela. Hace escasas semanas he suprimido del manuscrito original muchos adjetivos y adverbios para aligerarla y mejorarla. Por si se presenta la oportunidad y hay una segunda edición.

No pasaría mucho tiempo hasta que me viese embarcado en mi segunda novela. Elaborado el guión previo y dejándome aconsejar, me encontré en la necesidad de añadir algún giro adicional que le diese un sentido dramático y avivase el interés de la historia. Fue entonces cuando, tras acordarme de García Márquez, decidí que el protagonista debía morir asesinado. Leyendo la magna obra del colombiano, yo me había descubierto en cada ocasión ante su innata capacidad literaria, esa facilidad asombrosa de alternar diferentes estilos en sus mejores novelas. Pero a la hora de decidir el trágico final de mi personaje, me había retrotraído a Crónica de una muerte anunciada, una joya superlativa de la literatura cuya lectura me había conmocionado.

Mi razonamiento fue el siguiente: si el más influyente escritor latinoamericano del siglo XX narró una historia en la que se sabe que alguien va a morir, y consiguió dotarla de emociones que no se ven afectadas por lo visible del desenlace, yo podría hacer lo mismo. Así pues, presenté el cadáver del protagonista en el primer capítulo, de manera que el lector conociese su destino, leyese el libro sabiendo de su muerte y, tal vez, obtuviese un rédito similar al que yo encontré en esa vertiginosa novela. No sé si lo conseguí, pero creo que fue un acierto dejarme guiar por un autor como él.

Ahora me dedico a escribir artículos, lo cual constituye todo un honor y una suerte. En cuanto a mi tercera novela, he escrito y descartado algunas historias que tal vez hubiesen supuesto un paso en falso. De momento no se me ocurre nada, pero espero que pronto me ilumine una idea y pueda escribir otra vez un libro. Publicarlo será muy difícil, pero leer a los mejores autores, así como aprender y aplicar sus enseñanzas si a uno le gusta escribir, es una actividad saludable y gratuita.

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“Tragedia en Los Alpes”, por Diego Ferriz

Conmoción mundial tras la caída del avión de German Wings en las montañas de los Alpes. Ciento cincuenta personas a bordo, todas fallecidas. Se trabaja en la recuperación de los cadáveres y las cajas negras ya han aclarado lo que en principio era un misterio: ¿Por qué se estrelló el avión? Las autoridades de España, Francia y Alemania han visitado el lugar del siniestro y en todo el planeta se ha homenajeado en silencio a los inocentes desaparecidos.

Yo, que a veces soy suspicaz, me pregunté al conocer la noticia si no se trataría de  otro atentado que tal vez nuestros gobiernos, obedeciendo a intereses supranacionales, procuraban ocultar. Pero no. Se habló de un posible fallo técnico del avión, aunque la aeronave había superado todos los controles reglamentarios y se encontraba en perfecto estado. ¿Alguna responsabilidad achacable a la aerolínea por tratarse de una compañía low cost? Pues tampoco; en realidad, la tragedia demostró que el Airbus contaba con las medidas de seguridad adecuadas para impedir que un comando terrorista se hiciese con los mandos del avión. El problema en este caso consiste en la imprevisibilidad de la amenaza que tristemente se consumó.

Según los medios alemanes, Andreas Lubitz había revelado que algún día cambiaría el sistema y cobraría fama mundial. Esta indiscreción es significativa, pues nos permite advertir su hipertrófico y malvado orgullo; narcisista y ambicioso, Lubitz concibió en secreto el crimen que le haría popular y consiguió su objetivo: es el titular del momento, un individuo perverso que en su autógrafo postrero se ha llevado por delante a otras ciento cuarenta y nueve personas, convirtiéndose en todo un asesino múltiple. Leo que su padre está hundido, pero espero que el buen hombre se sobreponga, porque no es en absoluto culpable de la matanza perpetrada por su hijo.

El avión, como decía antes, contaba con los sistemas de seguridad implantados en la aviación comercial desde los fatídicos sucesos del once de septiembre en América. Ahora, me imagino, habrá que dar un paso más en previsión de actos similares, así que, una vez solucionada la seguridad de los aviones comerciales –la puerta blindada funcionó a la perfección-, habrá que asegurar la integridad de los tripulantes: no sólo impedir que una sola persona permanezca en la cabina, sino chequear exhaustiva y periódicamente la salud física y mental de todo el personal de la aerolínea; de los pilotos, copilotos, azafatas, controladores, asistentes aeroportuarios, etc. Porque una persona que no esté en sus cabales puede sabotear un vuelo y provocar una catástrofe como ésta desde cualquier puesto de trabajo asociado al tráfico aéreo.

Un tanto extraño resulta que el extravío de Lubitz no se detectara a tiempo o, mejor dicho, que los servicios médicos certificaran su depresión y le dieran la baja pero, a consecuencia de que él la encubriera, la aerolínea no le reemplazase. Ahí, en esa aparente descoordinación, hemos perdido 149 almas, que en paz descansen. Aun así, yo no responsabilizaría a German Wings, pero sí revisaría, como se hará en todo el mundo a partir de ahora, las medidas de control de la salud que han de impedir que un caso como éste se repita. De todas maneras, aún no contamos con demasiada información, así que las investigaciones, me figuro, acabarán por esclarecer totalmente los hechos. A día de hoy, yo exculparía a todos los implicados excepto a Lubitz, que en su demencia asesina premeditó un crimen espantoso, aunque quizá me equivoque y alguien termine asumiendo responsabilidades subsidiarias.

Me llama la atención, centrándome ahora en el causante del siniestro, las veces que se repite la palabra suicidio al comentarse este luctuoso suceso. Porque, desde mi punto de vista, no debería hablarse tanto de su decisión de quitarse la vida como de su voluntad aniquiladora; yo, más que un suicida, consideraría a Lubitz por encima de todo un asesino, un criminal trastornado y megalómano.

Estaba profundamente deprimido, se le había diagnosticado un desprendimiento de retina que ponía en serio peligro su carrera, seguía desde hace años un tratamiento debido a sus tendencias suicidas… Estaba gravemente enfermo, pues; parece evidente que se trataba de una patología mental, alguna clase de trastorno irrefrenable que le empujó a matar sin que le temblara el pulso a ciento cuarenta y nueve seres inocentes. No sé si Lubitz era lo bastante obediente como para tomar su medicación o también destruía las recetas, oponiéndose al dictamen psiquiátrico.

Pero, por encima de su locura insondable, de esa depresión que seguramente le enemistó con su vida y la de los demás, no deberíamos caer en el error de considerarle una víctima de su enfermedad, porque Lubitz despreció la opción de sanar y en cambio llevó a cabo un plan diabólico de exterminio en masa: ¡149 personas! Del mismo modo que otros asesinos en serie, otros psicópatas mentalmente trastornados, el copiloto mató a muchísimas personas pero no poco a poco, sino de un solo golpe. Con lo que, en mi opinión, debería ser considerado esencialmente un asesino y no un suicida; un elemento inmoral, dominado por su perturbación, que no luchó lo bastante para encontrar la senda de la cordura perdida, sino que se rindió al mal que engendraba su mente y sucumbió a la tentación de alcanzar la celebridad, despreciando el más elemental respeto a la vida de sus semejantes.

Mi más sentido pésame a las familias de los fallecidos, mi solidaridad para con la aerolínea German Wings y mis mejores deseos de ánimo a todas las personas de buena voluntad que, repentinamente, se han visto implicadas en esta siniestra historia, como ese buen padre afligido, ¿torturado por los remordimientos?, avergonzado y marcado por la crueldad del destino.

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“Atentado en Túnez”, por Diego Ferriz

Hace unos días se ha producido una terrible desgracia: una facción de terroristas musulmanes ha asesinado a un pacífico grupo de 23 turistas que se encontraba en Túnez visitando el museo del Bardo y disfrutando de sus vacaciones. Entre ellos, tuvimos que lamentar el fallecimiento de dos españoles. El atentado ha sido reivindicado por el grupo terrorista llamado Estado Islámico, que opera en estos tiempos en los territorios de Siria e Irak –principalmente- tratando de imponer un gobierno islamista radical y enemigo de la democracia y la libertad de occidente.

Unas semanas atrás yo escribí aquí acerca de los atentados en Francia que acabaron con la vida de los dibujantes y redactores. Y opiné que, con independencia del  crimen injustificable de los asesinos, no debíamos tomarnos a broma lo que para los musulmanes es sagrado e intocable, sino mostrarnos prudentes, respetuosos y abiertos a un camino de paz. Bien, esta opinión que manifesté la mantengo, pero ahora nos encontramos ante un caso distinto.

Me vienen a la memoria otros atentados contra turistas europeos y americanos que tuvieron lugar en Egipto, Turquía, Marruecos… Cada cierto tiempo se produce un rebrote brutal de estos grupos terroristas musulmanes y tenemos que llorar la muerte de nuestros inofensivos ciudadanos, cuyo único crimen consistió en atreverse a visitar tierras islámicas. Así que yo planteo: si está claro que un porcentaje de la población musulmana nos odia y nos considera sus enemigos, ¿por qué seguimos visitando estos países? ¿No sería mejor quedarnos en casa o visitar Italia, Inglaterra, Francia, Suecia, América o Asia antes que jugarnos el cuello poniendo allí nuestros pies?

Cuando yo expongo este argumento, algunas personas me dicen: ya, pero el riesgo también existe en Madrid, París, Nueva York o Londres, como de hecho hemos podido comprobar en el pasado. En efecto, se han producido terribles atentados de estas características en algunos de los principales países occidentales. Aun así, nuestras autoridades y nuestra policía luchan denodadamente por descubrir y desmantelar las redes y células yihadistas que se ocultan en Europa y América, de manera que hoy en día puede decirse que el riesgo de sufrir un ataque terrorista perpetrado por fanáticos musulmanes es bastante menor en occidente que en Afganistán, Irak, Siria, Libia, Marruecos, Túnez, Egipto… Yo al menos me siento mucho más tranquilo en España que si viajara a cualquier país árabe, pues caminaría por la calle pensando que en cualquier momento pueden fijarse en mí personas que en el fondo de su corazón, aun cuando no me disparen ni me lancen una bomba, sienten odio hacia mí, hacia mis compatriotas y hacia todo lo que representa mi origen.

Así que, prosigo, en mi opinión un buen medio para luchar contra esta cruel y absolutamente injusta amenaza islamista, sería negarnos como pueblo, civilización y alianza a visitar sus bonitos y exóticos países. Sería una lástima, sí, perdernos el espectáculo de las pirámides y las mezquitas, pero ¿qué hacemos los turistas occidentales gastándonos nuestros euros y nuestros dólares en países cuyos habitantes, en cierta medida porcentual, nos consideran sus enemigos? Neguémosles nuestra plata, para que al menos no se enriquezcan a nuestra costa y además nos maten. Dejemos de visitar los países musulmanes, puesto que existe el riesgo de encontrar la muerte en ellos. Y pongamos en manos de sus gobernantes, de su sociedad civil, la resolución de un gravísimo problema que nos afecta a todos.

¿No nos quieren a su lado? Démosles pues la espalda, que se las apañen y al menos no puedan valerse de nuestros recursos económicos. Se ha entablado una guerra de valores y ambiciones territoriales, así que no deberíamos seguirles el juego a los asesinos. Nunca más. Una vez limpios de terroristas y yihadistas los países musulmanes, podríamos regresar y volver a gastar el dinero de nuestro turismo en ellos. Aunque me temo que transcurrirán muchos años antes de que eso sea posible. No enviemos turistas sino ejércitos de liberación -como ya se viene haciendo- a aquellos territorios donde la paz y seguridad de los ciudadanos inocentes, cristianos, musulmanes o judíos, no está garantizada. En legítima defensa de los derechos humanos, violados por la guerra ideológica, religiosa y territorial.

¿Acaso la pervivencia y seguridad de Israel, subyugador de Palestina, justifica todo ese odio? Según ellos, sí. Tal vez sea éste el problema seminal y causante de este caos internacional -un problema derivado del genocidio nazi-, pero yo, como ya manifesté en uno de mis artículos, considero que el territorio de Israel es muy pequeño y modesto en comparación con los grandes estados árabes, así que creo que también los judíos tienen derecho a su porción de tierra. Ojalá las autoridades internacionales  encuentren la manera de sustentar la paz y mitigar la enemistad entre árabes y judíos, de establecer fronteras legítimas, razonables y estables entre Israel y Palestina, lo que redundaría en beneficio de todos y solucionaría en gran medida el conflicto cristiano-judeo-musulmán, fuente de odio, guerra encarnizada y muerte.

Mi mujer y yo hablamos de vez en cuando de visitar Egipto, país natal de mi admirado Naguib Mafuz, y solazarnos en la contemplación de sus monumentos, empaparnos de su cultura milenaria, disfrutar de su gastronomía… Pero yo, como le vengo diciendo desde hace años, no pondré mis pies en un país musulmán hasta que toda esta locura ceda y pase al olvido. Aunque me duela y me apene, creo que es la postura acertada

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“Educación pública y privada”

Se ha publicado el ranking de los 100 mejores colegios españoles y entre ellos figuran el Casvi y el Villalkor. Es una buena noticia y un motivo de orgullo contar con estas reconocidas instituciones educativas. De estos cien colegios la mayoría son privados, así que podríamos preguntarnos: ¿Es mejor la escuela privada que la pública? ¿Es justo que las familias más afortunadas lleven a sus hijos a los colegios más caros y el resto deba contentarse con los colegios públicos?

En el artículo 27 de la Constitución se expone que todos tenemos derecho a la educación, en su nivel básico obligatoria y gratuita, y se reconoce la libertad de enseñanza; se precisa, en concreto, que los padres pueden decidir el centro docente de sus hijos en virtud de sus convicciones religiosas o morales. Y se garantiza, asimismo, que cualquier ciudadano puede fundar un centro educativo y administrarlo, en consonancia con los derechos y libertades relativos a la enseñanza. De este reconocimiento legal deviene el actual panorama de la educación en España, en el que observamos distintos tipos de colegio al alcance de unos y otros.

Yo, la verdad, creo que las cosas están bien como están: cada familia puede optar por el colegio de sus hijos entre una gran diversidad de instituciones, así que habrá quienes, en función de sus recursos económicos, inscriban a sus hijos en un selecto y prestigioso colegio privado, y habrá quienes los llevarán, seleccionando entre sus opciones, a un buen colegio público. No veo ningún mal en el hecho de que algunos colegios sean más caros y por tanto elitistas, en que sean públicos o privados.

Al contrario, creo que son ventajas a aprovechar por las familias: ¿tengo dinero suficiente y me puedo permitir que mi hijo estudie en un colegio privado? Escojo uno que esté cerca de casa, que me dé garantías, y allí lo llevo. ¿No me llega el sueldo como para invertir en la educación de mis hijos? Pues elijo un colegio público. Las alternativas son beneficiosas. Se trata de que la educación pública alcance niveles de calidad satisfactorios, y creo que eso se está consiguiendo: mi hijo estudia en el colegio público de Villaviciosa de Odón Gandhi, donde se imparte una enseñanza bilingüe apropiada y el ambiente educativo es sano, positivo y democrático. Los profesores son cariñosos y exigentes en la medida recomendable y yo no tengo ninguna queja.

Crecí en un ambiente afortunado y cursé mis años de colegio en uno de esos centros que aparecen en el ranking de los 100 mejores, lo cual complace de alguna manera mi amor propio. Pero no siento ninguna clase de envidia ni codicia cuando, hoy en día, me veo en la necesidad de llevar a mi hijo a un colegio público, pues creo que también el Gandhi es una fantástica escuela. En realidad, estoy convencido de que todos los niños y niñas talentosos encontrarán el justo premio a su esfuerzo con independencia del colegio en el que estudien. ¿Pueden encontrarse nuestros hijos con un ambiente inapropiado cuando van al instituto? Puede ser, pero, sinceramente, creo que niños o adolescentes gamberros y difíciles los encontramos en todas las clases sociales; no son los hijos de los más humildes más conflictivos que los hijos de los más adinerados.

Luego llega la universidad. ¿Existen diferencias entre el chico o la chica que cursan su carrera en una universidad privada de los Estados Unidos y el chico o la chica que acuden a la Universidad Complutense o la Autónoma de Madrid? Bueno, para empezar el primero alcanzará un alto nivel de inglés, lo cual no es en modo alguno desdeñable, y tal vez consiga un título que le abra algunas puertas antes que a los demás. Pero creo que, básicamente, el universitario estará preparado para realizar un trabajo exitoso si se emplea a fondo en sus estudios y adquiere los conocimientos necesarios.

Otra cosa bien distinta es que, como el padre del primer muchacho tiene un primo o un amigo ejecutivo en una importante empresa, éste encuentre su primer empleo con suma facilidad. O incluso que, como ese padre controla un negocio familiar, directamente se le asigne un puesto de responsabilidad muy bien remunerado. Y en cambio, el muchacho de origen humilde graduado con buenas notas en la universidad pública se harte de enviar su currículum vitae aquí y allá y le cueste dios y ayuda conseguir su puesto de trabajo, eso si lo consigue. Después, el muchacho afortunado podría realizar un exclusivo máster de especialización y tomarle ventaja cualitativa en apenas unos años. ¿Es admisible esta desigualdad de facto de oportunidades?

Voy a procurar ser realista: si yo fuera jefe de personal y tuviera que elegir entre dos candidatos de similar valía, escogería aquél que viene recomendado por un pariente o un buen amigo; no nos escandalicemos, es ley de vida e indicio de prudencia. En el mundo en que vivimos hay desequilibrios económicos y sociales, y tal vez privilegios debidos a ello. Pero al menos hay libertad, y de hecho el artículo 33 de la Constitución reconoce la propiedad privada y la herencia; en España es lícito trabajar duro, ahorrar y crear un negocio que heredarán nuestros hijos y nuestros nietos, como es totalmente legítimo adquirir bienes productivos cuya titularidad sea sólo nuestra.

Desde mi punto de vista, es preferible y de naturaleza más justa un mundo en el que algunos posean más bienes que otros, frente a una sociedad basada en la abolición de la propiedad privada y la economía estatal. La ley no debe discriminar, pero el Estado y la empresa pueden conceder becas y ayudas a los jóvenes más brillantes. Apoyemos a nuestros talentos financiando sus estudios, pero no restrinjamos derechos y libertades educativas, pues la enseñanza se estancaría bajo el control estricto del Estado y la igualdad de oportunidades consistiría en una degradación colectiva: un empobrecimiento intelectual subyacente a un mero espejismo.

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“La marihuana”

Esta semana se han hallado 1735 plantas de marihuana en el sótano de un chalet de Villaviciosa de Odón, cuyo dueño ha sido detenido. La sustancia psicoactiva del Cannabis Sativa –cáñamo o marihuana- es el THC, que produce diversos efectos secundarios en los consumidores que fuman esta planta o hacen uso del hachís, un derivado de la misma. ¿Debería situarse al nivel legal de las bebidas alcohólicas? ¿Son justas las penas aplicables a los traficantes de cannabis?

No resulta fácil dirimir estas cuestiones: hay en nuestra sociedad partidarios de la legalización y defensores de la prohibición, así como estudios encaminados a medir los efectos que produce esta droga, sus posibles beneficios o perjuicios; es paradójico que esté prohibida a causa de los daños que acarrea y al mismo tiempo haya sido utilizada con carácter terapéutico desde la más remota antigüedad.

Puede decirse, como aseguran los expertos, que el cannabis provoca desmotivación, pérdida de memoria y concentración, como también favorece el desarrollo de trastornos mentales, la depresión y la psicosis a largo plazo, además de anteceder al consumo de otras drogas más peligrosas que el individuo suele probar después. Así que hay razones de peso que justifican la consideración de su venta como delito.

El problema es que el tabaco y el alcohol, sustancias legales, también provocan y pueden llegar a provocar adicción, dependencia y perjuicios semejantes a la salud del consumidor. ¿Debemos prohibir la venta de cigarrillos, vino o cerveza? Sinceramente, creo que no: el consumo moderado de alcohol, como las autoridades recomiendan, es tolerable. En cuanto al tabaco, es pernicioso a largo plazo pero no deteriora la mente. ¿Habría entonces que legalizar la marihuana y el hachís? La respuesta no es obvia.

Estas sustancias psicotrópicas, como afirman los últimos estudios, perjudican a los jóvenes que cursan sus estudios en los mejores años de sus vidas, y a medio plazo pueden desencadenar episodios depresivos. En mi opinión, son motivos suficientes para mantener la actual prohibición de estas drogas, causantes de tantos fracasos estudiantiles, y aplicar políticas persecutorias.

En el Reino Unido, por ejemplo, el gobierno endureció la consideración del cannabis justificándose en el riesgo para la salud de los más jóvenes, que empezarían a consumirla a los 13 años en grados de concentración y pureza desconocidos hasta ahora. Si, por otra parte, la marihuana puede ser utilizada con fines terapéuticos en dosis no adictivas que ayuden a los pacientes, sería aceptable su legalización para uso médico.

Al igual que en España tenemos costumbre de beber alcohol desde hace siglos, y por ello no lo prohibimos, tal vez sea en otros países, allí donde se cultiva el cáñamo y se produce hachís desde antaño, donde sus gobernantes deberían legalizarlo en virtud de la costumbre social. Aquí, creo yo, ya tenemos bastante con la legalidad del alcohol, que puede conducir al fracaso personal, provocar diversos trastornos mentales y enfermedades y, de hecho, está presente, como el cannabis, en los accidentes de tráfico y sus fallecimientos correspondientes; el alcohol, además de ser un producto mayoritariamente aceptado que estimula la diversión y el buen humor, genera graves problemas sociales cuando se abusa del mismo; no lo olvidemos ni lo agravemos sumándole un problema adicional. Hoy en día, por otra parte, tiene lugar una batalla legal y propagandística contra la nicotina por su carácter mortal a largo plazo.

Una sociedad en la que los jóvenes tengan libre acceso al licor, el tabaco y los psicotrópicos plantea muchos más inconvenientes y gastos sanitarios que beneficios, siendo éstos discutibles: ¿acaso se atenta contra las libertades al prohibir la marihuana? Creo que no, basándome en que su consumo perjudica la salud pública.

Ahora bien: seamos realistas e indulgentes en la consideración del delito. ¿Es justo que los productores y distribuidores de cannabis paguen con altas penas de cárcel su implicación en este negocio? Habrá quien diga que sí, pero yo digo que no. Y me explico: si la marihuana produce daños similares al alcohol y goza de gran aceptación en Occidente, no debería haber una distinción legal tan acusada entre ambos productos; nadie nos obliga a comprar y fumar maría, como nadie nos obliga a tomarnos cuatro copas.

La situación es la siguiente: las mafias internacionales controlan los negocios ilegales, los traficantes más poderosos suelen librarse de la cárcel y los distribuidores de la calle acaban entre rejas. Yo sería más que comprensivo con quien recurre a esta actividad para ganarse la vida y mantener a su familia, procuraría convencerle para que abandone el tráfico de drogas y le devolvería la libertad en cuanto se observase arrepentimiento y se optase por la reinserción.

Si se quiere luchar contra las drogas y sus perjuicios, hagámoslo en serio y de raíz: que se erradiquen los cultivos de opiáceos en Afganistán o las plantaciones de coca en Colombia, Perú y Bolivia, que se estrangule la producción de hachís en África y la de marihuana en Centroamérica, que se desmantelen los laboratorios de éxtasis, LSD y anfetamina; podría hacerse, ¿por qué no?, si las principales autoridades internacionales, en coalición, se pusieran de acuerdo en arrebatar estos jugosos negocios a los clanes que hoy en día los controlan.

Tendríamos entonces un mundo más saludable, una juventud menos expuesta a los peligros del libertinaje y un índice mucho más bajo de delincuencia a gran escala, aquélla contra la que realmente se debe luchar. Pero si somos hedonistas y lo que queremos es disfrutar, admitámoslo de una vez sin hipocresía. Yo digo no, pensando en mi hijo y todos los hijos, a la legalización del cannabis, sustancia que daña el cerebro y crea dependencia.

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¿Quién es más creativo, el hombre o la mujer?

Esta semana un amigo me ha planteado como tema a analizar la capacidad creativa del hombre y la mujer. ¿Somos diferentes a la hora de crear los hombres y las mujeres? A lo largo de la historia, el hombre ha predominado en los campos del arte o la ciencia, pero el quid de la cuestión es saber si esta realidad incuestionable se debe a factores de dominación masculina o de genialidad intrínseca. ¿Cuál es la relación entre creatividad e inteligencia?

Según publicaron Robert Sternberg y Linda O´Hara en 2005, ambos conceptos pueden explicarse como conjuntos que se solapan, pues no es lo mismo pintar un cuadro que hallar la ecuación E=mc2. Para Guilford y su estructura del intelecto de 1967, la inteligencia converge hacia la respuesta correcta mientras que la creatividad diverge hacia la solución original.

Lo cierto es que no hay unanimidad de criterios; los estudios han evolucionado y, hoy en día, se tiende a pensar que el impulso creativo -ese instante de lucidez imaginativa que origina una idea- puede desarrollarse con el ejercicio constante y depender de factores como el nivel de estudios o la ausencia de estrés emocional-profesional. Hubo incluso un estudio reciente que demostró que, en determinadas pruebas de habilidad creativa, los sujetos que habían ingerido alcohol resultaban más resolutivos. Se dice, por otra parte, que los grandes creadores son también grandes trabajadores, implicando la voluntad y la capacidad de concentración, opuestas al deseo perturbador de éxito social y económico, en la raíz de los grandes logros científicos y artísticos.

Según expone en uno de sus libros el profesor y doctor en Biología Molecular Estanislao Bachrach, hay aproximadamente un 98% de seres humanos de inteligencia normal y un 2% de inteligencia superior y mayor capacidad creativa. Pero la creatividad, sostiene, se puede alcanzar a cualquier edad, siempre que se ejercite la mente y se den las condiciones que la propician. En este libro, Bachrach afirma que no hay estudios concluyentes sobre las diferencias creativas entre el hombre y la mujer, cuyas capacidades artístico-científicas serían similares en general.

Hay, no obstante, otros estudios modernos que aportan datos interesantes: el llamado “efecto Flynn” se define como un constante aumento en las puntuaciones de inteligencia con el paso de las generaciones. El profesor de Psicología Ian Deary llevó a cabo un estudio en 2007 que concluía que las mujeres destacan en pruebas de aptitud verbal, comprensión del lenguaje y velocidad de codificación, mientras que los hombres obtienen puntuaciones superiores en ciencia, aritmética, compresión mecánica e información electrónica. El estudio Feingold de 1988 mostró como resultado que el desequilibrio entre hombres y mujeres tiende a descender con el paso del tiempo y, se puede inferir, con el logro progresivo de la igualdad educativa.

Por otra parte, según la hipótesis de la variabilidad contemplada hoy en día, no se puede afirmar que la pertenencia a uno u otro género nos haga más aptos en unas tareas u otras, sino que la variabilidad es la norma. La mayor parte de los individuos se encuentra en la media, que es la misma para hombres y mujeres; las diferencias estriban en la dispersión: los datos actuales muestran que existe un porcentaje mayor de hombres situados en el extremo superior de la distribución de inteligencia, pero también existe un mayor porcentaje en el extremo inferior. Sin embargo, en el sexo femenino hay una mayor homogeneidad. Habría por tanto más varones geniales y susceptibles de ser creativos que mujeres, como también habría más hombres de bajo cociente intelectual.

Como estamos viendo, las opiniones y pruebas son controvertidas: se tiende a aceptar la igualdad intelectual y creativa entre hombres y mujeres, matizando no obstante diferencias significativas en las habilidades mentales y admitiendo estadísticamente una mayor presencia del hombre entre el 2% de superdotados. He encontrado en estudios que reivindican a las mujeres opiniones y razones diversas, como que históricamente los hombres han ejercido el control sobre los medios de producción y difusión artística; los mecenas, los editores y los gobernantes que estaban en posición de valorar la calidad de una obra de arte y financiarla eran hombres, de modo que se ejercía una discriminación favorable al varón, cuyos mosaicos, cuadros, canciones, poesías o novelas se consideraban a priori mejores.

En el campo de la psicología freudiana, se observa la capacidad femenina de dar a luz y amamantar como una suerte de creatividad de la que carece el ser masculino, impelido a buscar reconocimiento de otra manera. Y se discute, desde corrientes y escuelas distintas, si la mujer padecería un complejo fálico o simplemente se puede sustituir el término “pene” por el término “poder” como concepto diferenciador de ambos sexos y conductor, desde el subconsciente, de nuestros actos.

Hay una rica diversidad de puntos de vista y teorías con distinto grado de objetividad. Yo, en vista de todo lo expuesto, no argumentaría que el hombre sea más creativo que la mujer, pese a su abrumadora superioridad histórica; diría en virtud de las investigaciones que, aun distinguiéndonos intelectual y emocionalmente, poseemos la misma imaginación potencial. Tal vez la mujer contrarreste en los próximos tres mil años su desventaja en la creación artística y la invención científica, ¿quién sabe?

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Discriminación positiva y paridad

Se han vertido numerosas críticas contra el nuevo gobierno griego por su decisión de no incluir a ninguna mujer en el gabinete. Cero mujeres entre los doce ministros, sólo seis entre los treinta y tres principales cargos. Syriza, según alega, eligió a los mandatarios por sus cualidades, es decir, no ejerció la discriminación positiva. En mi opinión, no se debería criticar una decisión basada en la capacidad, pero no es menos cierto que resulta extraño encontrar tan bajo porcentaje de mujeres en un gobierno; aunque sólo sea cuestión de probabilidad, es de sentido común pensar que entre los treinta y tres individuos más cualificados de un partido deben de hallarse más mujeres.

Desconozco la historia reciente de Grecia y su evolución social; sí sé que la presencia de la mujer en la política helena es algo superior al 20% en los últimos años. Tal vez allí no hayan alcanzado el desarrollo social y el equilibrio de derechos presente en otros países de occidente. ¿Se ha guiado el señor Tsipras por un criterio machista? No es fácil responder a esta pregunta; es obvio que ha confiado mayoritariamente en los hombres, pero no puedo saber si ha discriminado a las mujeres o sólo ha recurrido a lo que tenía más a mano. Creo que es un problema exclusivo de Grecia; por lo que leo, la situación era aún más desproporcionada en la anterior legislatura, pues los hombres lo copaban prácticamente todo y el papel de la mujer era casi testimonial. Demos tiempo a Grecia de reducir los desequilibrios y abrir las puertas a una mayor igualdad.

Y hablemos de España: el artículo 14 de nuestra Constitución establece que no se puede discriminar por razones de nacimiento, raza, sexo, etc. Es decir, legalmente no se admite la discriminación negativa pero tampoco la positiva, pues el artículo abstrae el concepto en sí; así al menos lo entiendo yo. Me parece que este criterio fundacional es acertado, pues ningún modo de discriminación se puede considerar equitativo. La oposición a la discriminación negativa es obvia, no tanto cuando hablamos de la positiva: ¿Necesitan las mujeres un apoyo adicional para competir con los hombres?

Es una controversia jurídica: con el PSOE en el gobierno, se promulgó la Ley de Igualdad, que establece la paridad como requisito obligatorio a la hora de formar gobierno, de manera que no pueda haber más de un 60% o menos de un 40% de uno u otro sexo en la composición del gabinete. Luego el PP, que se abstuvo en la votación, recurrió esta ley ante el Tribunal Constitucional, que rechazó su recurso aduciendo ausencia de discriminación, pues si bien es cierto que la citada norma exige cumplir determinados porcentajes, también es verdad que no explicita distinción entre sexos. Bien, si el alto Tribunal falló en este sentido, dejémoslo así; sus miembros son expertos juristas que saben dirimir estas cuestiones; asumir la paridad como no discriminatoria ni opuesta a la libertad de elección es crucial, así como tomar conciencia de la terminología y manejar el concepto de “acción positiva”.

Abordemos el aspecto ético-jurídico-social de la discriminación positiva de la mujer. ¿Debemos sostener su presencia en primer plano, justificándola en la desproporción que se observa al compararla con el hombre? Bueno, está bien defender a las mujeres, como son encomiables los esfuerzos en defensa de la tercera edad, los niños, los discapacitados… Pero si legalizáramos la discriminación positiva, de alguna manera admitiríamos la debilidad de la mujer, no sólo su posición de desventaja; es como si dijéramos: “vosotras, al ser más débiles, requerís un peso adicional que equilibre la balanza de fuerzas”. Este criterio, empleado para favorecer la igualdad, podría partir de una tesis errónea y ser anticonstitucional, pues se opondría al principio básico de que los españoles somos iguales ante la ley, citado en ese artículo 14.

Por otra parte, la Ley de Igualdad contempla las “acciones positivas” a ejercer cuando se observe alguna clase de discriminación efectiva, es decir, se ha previsto legalmente la reacción ante los desequilibrios reales sin que se llegue a hablar de discriminación positiva; es pues una sutil cuestión de vocablos y significados: “discriminación positiva” no porque se debe garantizar la igualdad de derechos, “paridad” y “acciones positivas” sí, según reza la ley refrendada por el Tribunal constitucional.

Alguien podría inducir que la discriminación positiva deviene, conceptual y paradójicamente, de cierto machismo; de la consideración intelectual del hombre como ser más apto que la mujer. Debemos admitir como un hecho incuestionable que las mujeres han sido históricamente discriminadas, pero hoy en día, al menos en España, están a la altura legal de los hombres. Personalmente, yo en esta cuestión me situaría en un centro político ecuánime, ideal y accesible a todos: hombres y mujeres somos exactamente iguales, tenemos la misma capacidad intelectual y debemos gozar de los mismos derechos, así como asumir semejantes responsabilidades.

Luego, si se observa alguna clase de discriminación negativa, se debe luchar contra ella desde la educación y la reacción; si es necesario, recurrir a esas “acciones positivas” que cita la Ley de Igualdad, consideradas justas y constitucionales; si las mujeres ganan menores sueldos, corrijamos esta práctica abusiva que la ley define como discriminación salarial. Pero no establezcamos ninguna clase de distinción a priori, pues estaríamos cimentando un desequilibrio de fondo y, por tanto, una arbitrariedad; si la mujer es tan capaz como el hombre de gobernar, dirigir empresas o tomar decisiones difíciles, que la igualdad absoluta sea nuestro leitmotiv; observemos con el debido respeto la Constitución y las leyes que no quebrantan sus principios.

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